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El bergantín perdido en aguas del Arapey….

 

Clímaco Soria vivió toda su vida en los campos de El Arriero que daba sobre el Arapey. Era un hombre de muchas historias, que parecían brotarle cuando le daba al aguardiente brasilera, en noche de fogones en el monte, en  un almacén de ramos generales, en una kermes o cuadrera.

Fue en 1963 cuando, en un asado que le hizo al hijo del patrón, Guzmán Araya, y sus tres compañeros de clases, de un liceo de Salto que se había inaugurado ese año en que contó aquella fascinante historia….

Silvio Ramírez, por ese entonces, un gurí de trece años, quedó obsesionado por el tema, el bergantín perdido, con dos barricas con monedas de oro y de plata, un recado de oro, espuelas de plata, entre otras cosas, en alguna parte del río Arapey.

Al otro día, cuando estaban los cuatros muchachos en la cocina, Silvió le preguntó a Ramiro, el hijo del dueño de la estancia, si sería verdad lo que contó el hombre viejo.

“Clímaco siempre cuenta historias. Ésta, del tesoro del bergantín perdido, siempre la cuenta. Dice papá que cuando él era niño, ya Climaco la contaba y nunca le cambió un punto ni una coma al relato.

Papá dijo que era cierto, que su padre y unos amigos, de tanto en tanto, hablaban y decían que desde siempre sonaba esa historia, relato que ha transitado de una generación a otra, desde los días lejanos de 1823, cuando al parecer ocurrieron los hechos, y que ese famoso bergantín, era perseguido, por brasileros y argentinos que se enteraron lo que transportaba y decidieron cometer  sus fechorías…..

.El bergantín es una embarcación de dos palos, el mayor y el trinquete, con bauprés y velas cuadradas. Por vela mayor tiene una gran cangreja y, a veces, otra mayor redonda. El bergantín apareció a mediados del siglo XVI y se empleó de forma generalizada hasta el siglo XIX. Se caracterizó por la gran superficie de velamen que era capaz de desplegar para su desplazamiento, que llegaba hasta 600 t, su rapidez, su agilidad en la maniobra y su adecuación para el tráfico, en pequeños ríos, grandes caudales y mares.

Este, conocido como “Cafuringa” fue hecho en un astillero en Iraí, cerca de donde nace el río Uruguay, y su tamaño, era la mitad de un original, era como para andar por los ríos de la región, y nada más.

EL TESORO DE ELIOMAR

Pasaron 12 años, en 1975, Silvio se recibió de Veterinario y se fue a vivir a Alegrete. Un día por razones de su profesión, se fue a trabajar a Vacaria y se afincó por un tiempo largo. Iba y venía a Caxia do Sul, Novo Hamburgo, Erexim, Passo Fundo, Carozinho, y  en todas las fazendas en que anduvo, entre decenas de relatos, había uno que se repetía y que tenía una rara similitud con la historia del viejo Clímaco, “el tesoro de Eliomar”. En 1983 se contactó con sus viejos amigos del liceo, y el tema concreto fue, “se sabe algo del bergantín perdido?. La respuesta fue, “nada”. Se enteró que el viejo Clímaco había muerto dos años antes y que la última historia que contó fue la del bergantín, de idéntica manera que aquel lejano 1963 en que ellos la escucharon..

A Silvio no le costó mucho recomponer la historia. …Eliomar Souza Duarte era un rico hacendado pernambucano, conocido revolucionario por aquellos días, que acosado por los realistas decidió huir, con el fin de escapar a Europa con su familia. Su mujer y dos hijas menores se fueron a París sin problemas, con una pequeña fortuna como para que se mantuvieran un tiempo esperando la llegada del resto de la familia. A sus tres hijos le dio, a cada uno dos barricas, con monedas de oro y de plata, y un pequeño ejército para que los protegiera. Cada uno tomó rumbo diferente, y se cree que escaparon y llegaron Europa, dos de ellos, por lo menos, el tercero se quedó en Venezuela, prendado y prendido, a “Mama osa”, una rubia de casi dos metros, un tanto salida en peso, pero de cara muy hermosa, y muy fogosa a la hora de amar.

Eliomar se vino con un grupo de cangaceiros, mercenarios de tierras agrestes que lo fueron protegiendo en su rumbo al sur. La idea de Eliomar era llegar hasta Colonia del Sacramento donde vivía su hermano Ederson, y los dos juntos irse a Europa. Por allí pasar a Buenos Aires era muy fácil y de Santa María de los Buenos Aires viajar a Europa era un juego.

Eliomar llegó a donde hoy es Vacaria en 1821. Tierra próspera. En su carruaje había cuatro barricas de monedas de oro y plata. Se compró una fazenda, mucho ganado, era algo así como el rey del ganado, y pronto se hizo conocer, sobre todo por las mujeres, donde su fama de don Juan con plata derretía corazones de viudas, solteras y casadas. Por ese entonces no había divorciadas porque si no, las conquistaba también.

Los novios, maridos y amantes del mujererío de la región no lo querían para nada, los gendarmes y jefes políticos si, porque era muy generoso a la hora de untar algunas manos…

Pero, claro, meterse con mujeres ajenas, a la larga trae problemas, no todos aceptan esas protuberancias o cornamentas, como quieran llamarlas, sobre sus cabezas, y si bien no se animan enfrentar al poderoso ganadero, urdieron un plan, contarle al ambicioso capitán Joao Faustino Gonzalvez, que estaba al frente de un poderoso ejército en Santa Catarina, sobre la existencia de un rico revolucionarios que sembraba la división, entre las familias de los gauchos do sul. En realidad, el pícaro Eliomar sembraba de hijos el lugar ya que varias mozas, solteras y casadas empezaron a experimentar la hinchazón de las nueves lunas.

Lo más extraordinario fue descubrir a varias viudas, muy recatadas ellas, aunque también rescatadas por Eliomar, de las garras de la soledad, para volver a experimentar el fuego del amor. Se sabe de por lo menos cinco viudas, enclaustradas, casi como con un cinturón de castidad que nadie pudo abrir por años, que Eliomar, vaya uno a saber como, los abrió simplemente con sus manos, sus ardientes palabras y sus incansables noches de amor. Dicen que muchos no podían creer cómo Eliomar no se cansaba de amar todas las noches y a distintas mujeres. Dicen que él tenía un elixir, un yuyo para el amor que los cangaceiros le habían traído desde el norte, un afrodisíaco que no fallaba, y así se pasaba noches enteras, amando, charlando y volviendo amar….

Por la mujer de uno de los conspiradores, que quería irse a vivir con él, se enteró que el capitán Gonzalvez venía en su búsqueda y no con cara de buenos amigos. Eliomar le dejó a Edinha, una viuda, de las primeras amantes que tuvo, que le había dado el primer hijo, la fazenda, parte de su fortuna, con el compromiso que mantuviera el campo y que acogiera a los hijos de las otras viudas y de las solteras que quedaron embarazadas por él, recalcando que a las casadas no, que se ocuparan sus maridos, que no se hicieran mas los distraídos porque iban a venir otros hombres y les iba a volver a pasar lo mismo. Eliomar juntó lo que pudo, dos barricas con monedas de oro y plata, las otras las había transformado en campo, ganado, y en mas dinero que dejó a la viuda para que hiciera lo que le pidió y conservara la fazenda

 UN LARGO Y SINUOSO CAMINO….

Partió al alba con cinco cangaceiros rumbo a Iraí, donde su amigo Facundo da Cundha  tenía un pequeño astillero. Una semana después llegó a Irai, se ocultó en la casa de su amigo, y le contó sus planes. El amigo le dio un pequeño bergantín, un mapa de navegación río abajo. Eliomar le confesó que sus cinco cangaceiros iban a volver a su fazenda para cuidar a la viuda (de otro) madre de un hijo suyo y que él iba a precisar gente que supiera guiar la embarcación.

Fue así que cinco jóvenes navegantes, personas de mucha confianza de Facundo se hicieron a las aguas llevando a Eliomar. Facundo le sugirió que pusiera las monedas en cuatro gigantescas vasijas de barro cocido, con tierra encima y con plantas exóticas que él tenía en su casa, para disimular. A su vez cargar las bodegas de cueros, tasajos y de otra mercancías fácilmente de comercializar, así llegaba a Colonia del Sacramento como un mercanchifle mas de los que andaban por esos días. Facundo le dijo que en Sao Borjas había un baqueano, gran conocedor del río que lo contratara hasta un pequeño poblado llamado Belén, del lado oriental de las aguas. Allí había otro baqueano que lo iba ayudar a sortear un gran salto de agua y que capaz tendría que contratar una barcaza después de los saltos porque iba a ser muy difícil pasar con el bergantín.

El 5 de enero de 1823, Eliomar partió en el bergantín aguas abajo. Los jóvenes navegantes cantaban todo el tiempo, glorificando la aventura por una paga que jamás nunca habían recibido en sus cortas vidas. Llegaron a Sao Borjas y mientras Eliomar salió a buscar al baqueano, cosa que le llevó más tiempo que el pensado, les dio una moneda a cada uno de los jóvenes para que se divirtieran que luego les esperaba un largo viaje. Cuando encontró a Xico Do Rio y llegó a un acuerdo con él, difícil fue encontrar a los cincos jóvenes que entre tabernas y burdeles se habían perdido en la noche borgiana. Al amanecer algunos, a media mañana otros, y al mediodía el quinto, los jóvenes llegaron al bergantín, partiendo, apenas el último puso un pie en la embarcación .

HABLAR DEMAS NUNCA CONVIENE…..

Pusieron rumbo a Belén en una cálida noche de enero, ignorando Eliomar que a uno de sus jóvenes acompañantes, en un burdel, le contó a su dama de compañía que iban rumbo a Colonia del Sacramento y que llevaban monedas de oro escondidas en las bodegas. Ziroca, que así se llamaba el joven integrante del bergantín, por casualidad, estando en la bodega, metió la mano en una de las vasijas, descubrió monedas, repitió su acción en las otras vasijas, y todas, debajo de la tierra tenían monedas brilantes…

La dama en cuestión le contó al dueño de la taberna y burdel contiguo, y éste, llamó a sus amigos, le contó de lo que se había enterado y cuando fueron a tomar por asalto el bergantín, éste ya navegaba aguas abajo.  “Xico Do Rio los conoce bien a ustedes”, dijo el tabernero, van a precisar más gente para alcanzar la nave y no tienen que dejar rastro”. “Podemos ofrecerle una parte al gaucho Ramírez que tiene una embarcación con un cañón y sus tres navegantes tienen fama de no errar un tiro con sus trabucos”, propuso uno de los amigos del tabernero, y así se hizo. Ramírez aceptó, pero le llevaban como un día de ventaja. “Xico en algun momento va a parar, y ahí será nuestro”, dijo otro de los amigos del tabernero que ya comenzaba hacer planes con la fortuna a conquistar.

La navegación se hizo rápida, cuando el bergantín llegó a Belén fue fácil encontrar a Simón Pacheco y proponerle el viaje con una buena paga mediante. Simón Pacheco era sobrino de Chaleco, el militar que fundó el poblado, era un gran conocedor del río, de los saltos de agua. Xico Do Rio, por su parte cobró la plata prometida y regresó por tierra a Sao Borja. Nunca se enteró de la conjura ni de la suerte de sus compañeros navegantes. El experto Simón sumó a Nildo Zapata a la delegación aduciendo que era muy conocedor del poblado del Salto y que allí podría conseguir otra embarcación para seguir río abajo.

Partieron de Belén y al atardecer vieron un punto difuso que venía tras ellos. Fue cuando sonó el primer cañonazo, pegó en un mástil pequeño en la popa. El segundo cañonazo fue fallido y el tercero volvió a golpear en la popa dejando a la embarcación con peligro de hundirse. Simón tomó la rápida decisión de adentrarse en el Arapey que estaba allí a su izquierda, pensando que les iba a ser más difícil dar en el blanco entre tantos recodos del río.

Y fue así, además la noche que avanzaba le dio el tiempo justo para huir. Claro, en ese afán de ganar distancia Simón hizo enfilar la nave demasiado cerca del monte, y una saliente de piedra golpeó y abrió más aún a la nave, que siguió avanzando noche adentro.

 En un ancho del río, cuando parecía que había que alcanzar la orilla derecha, ocultar las cosas en el monte, hasta conseguir algunos caballos con el indiaje y seguir rumbo a Salto. Apenas terminó Simón de señalar lo que había que hacer, se sintió un crujido enorme y la nave se partió en dos cayendo todo el mundo al agua. Eliomar recibió un golpe tremendo de un mástil que lo golpeó de costado y a su vez golpeó la cabeza contra otro madero, y se le hizo la noche, lo ganó una oscuridad que parecía eterna.

 Cuando despertó, estaba solo en la rivera del río. Nada supo de sus compañeros de aventura. Dicen que el sobrino de Chaleco fue el que lo sacó y lo dejó en la orilla, que solo dos jóvenes sobrevivieron y que Zapata nadó para la otra orilla, se perdió en el monte, y regresó a pie a Belén. Como Nildo no sabía que había en la embarcación, no se preocupó por recordar donde se había hundido. Simón Pacheco, el sobrino de Chaleco, tampoco sabía el secreto que guardaba el bergantín. Fue encontrado por los indios, anduvo un tiempo por las tolderías y luego, dicen, que regresó a Belén.

LA NAVE PERSEGUIDORA TAMBIÉN ZOZOBRA

En su afán por alcanzar el bergantín, no se tomaron algunas precauciones, y no se aseguró el pesado cañón que estaba en cubierta, en lo alto de la proa, para un mejor tiro. Fue después del cuarto cañonazo que  la máquina de la muerte, rompió el cordel que la amarraba para que no se soltara y cayó pesadamente, de una gran altura, sobre un piso algo frágil, incapaz de soportar el pesado envión. El cañón rompió madera y el agua lentamente se comenzó a filtrar. Eso y el descuido del timón, provocaron el hundimiento de la nave perseguidora.

A duras penas ganaron la orilla mientras veían internarse al bergantín Arapey adentro. Nunca imaginaron los perseguidores que unos  metros más adelante, el bergatín se hundiría, como ya contamos.

ZIROCA SE QUEDA EN LA ZONA….

De los jóvenes que iban en el bergantín y  se salvaron, los dos se perdieron en el monte, uno de ellos era Ziroca Soria que llegó luego de varios días de caminar a una estancia, donde lo recibieron muy bien, se afincó allí y con los años se casó con una de las hijas del capataz.

 Ziroca contaba, de tanto en tanto la aventura que lo había llevado hasta allí, del hundimiento del bergantín, de las monedas de oro y plata, pero como no sabía con exactitud el lugar donde se había hundido, quedó como una historia de fogón, que se fue haciendo tradición de boca en boca y de generación en generación, pero nada más.

Eliomar nunca supo porque estaba allí, por qué se vio caminando campo afuera, dónde estaba, hacia dónde iba, quién era?. Su mente estaba en blanco, fue como si los recuerdos se hubieran alejado como las golondrinas, en  otoño…

Pasó días y días así hasta que llegó a cercanías de la población del Salto, se quedó a vivir, cerca del San Antonio, se hizo una casa, sembró, cuidó ganado, pero eso le dio para vivir nada más. Nunca nadie de la zona pudo saber de su pasado, le decían bayano, o portugués, por su acento, pero, nunca recobró la memoria. Se juntó con una mujer sola del lugar, tuvo un par de hijos y así siguió hasta que murió en setiembre de 1850, según dice un parte de defunción…

Partida de defunción que Silvio Ramírez leía una y otra vez aquella mañana  de  2015. Silvio, con 63 años a cuesta, se había pasado los últimos 10 recabando datos del bergantín perdido. Tenía todos los planos habidos y por haber del río Arapey, tenía máquinas detectoras de metales, tenía a sus hijos y sobrinos. Tres camionetas cargadas con equipo de buzos, carpas. Con todo salió rumbo al Arapey dispuesto a encontrar las monedas de oro y plata este 1° de mayo de 2015, con un cielo amenazante de lluvia sobre el río. Dicen que Silvio Ramírez anda buscando lectores que lo ayuden a encontrar el tesoro, si sabe de alguno, busque a Silvio en el Arapey, todavía anda por allí, y le da una mano…..

CAMACA

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